miércoles, 13 de julio de 2016

El hambre es más grande que el miedo / Por @richcasanova

Por Richard Casanova / @richcasanova

Hoy más que nunca Venezuela necesita un gobierno civil que sea promotor del pleno ejercicio de la ciudadanía y del respeto a las instituciones, en vez de esta demencial y repugnante megalomanía armamentista.  Revocar a Nicolás Maduro es también frenar la pretensión cobarde de asfixiar con la bota militar a la sociedad democrática, reprimiendo a un pueblo con hambre e intentando silenciar el descontento en medio de la más pavorosa crisis de su historia.  Aún en la situación de extrema debilidad en que se encuentra, si Maduro tuviese compresión de la realidad y suficiente coraje, si no fuera un peón de los Castro y de la cúpula militar corrupta, seguramente procuraría reivindicar su condición de presidente civil pero al contrario, ha preferido restregarnos el rasgo militarista del régimen... Y después se pregunta por qué nadie lo respeta.

El pasado 5 de julio fue una oportunidad para marcar contrastes.  Con su sesión solemne en la Asamblea Nacional, los civilistas reivindicaron que aquella gesta no fue una victoria de los fusiles sino del intelecto y la pluma, no se impuso una charretera sino las convicciones democráticas, no fue la pólvora el insumo más valioso en aquella lucha sino el lúcido pensamiento político libertario de Juan Germán Roscio y Francisco Javier Isnardi, principales redactores del Acta de Independencia.  De todo esto Nicolás Maduro está ausente, no fue una simple inasistencia del presidente al Palacio Federal Legislativo sino expresión de las carencias y miserias de quienes "por ahora" ejercen el poder.  Desde esta perspectiva, era lógico que no asistiera. ¡No podía estar ahí!

Naturalmente, Maduro y su fracasado gobierno prefirió refugiarse en esa casta militar desprestigiada que nadie respeta y a todos avergüenza, para desde ahí insultar al país y repetir las trilladas frases sobre un Ejército heroico y "forjador de libertades" que francamente nadie ve.  Lo que vemos es una partida de corruptos con el pecho tapizado de chapas de refresco y presillas de hojalata, ganadas pisoteando Derechos Humanos, arrastrando la dignidad de la FAN, colocando las dos rodillas “en tierra” ante el poder cubano o al calor de una parrilla tan suculenta como los negocios hechos a la sombra del poder. Lo que penosamente hemos visto es como se evaden acusaciones de narcotráfico que pesan sobre altos oficiales y más bien, se les condecora o asciende.  Si Nicolás Maduro piensa que rodearse de sus chafarotes va a amedrentar al país, habrá que decirle que hoy el hambre es más grande que el miedo, la indignación contra este gobierno es tan extensa e intensa que no deberían seguir subestimando al pueblo.

También habría que decirle a Maduro que no es buena idea refugiarse en la boca del lobo. La historia es prolífica en ejemplos pero basta con recordar al ex presidente Herrera Campins: "los militares son leales hasta que dejan de serlo".  En fin, mientras una cúpula sin respaldo popular, ni autoridad moral se aferra a fantasmas y habla de una realidad inexistente; en esta Venezuela de contrastes la inmensa mayoría vive una tragedia cotidiana, lucha por un cambio y apela para ello a la vía constitucional: el revocatorio.  Para todos, en particular para Nicolás Maduro, obstaculizar este indetenible proceso de cambio puede tener un alto costo político.  "Pescuezo no retoña", le diría su colega Pérez Jiménez, quien si tenía razones para ser militarista. 

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